martes, 8 de noviembre de 2011

El cartel


Estas llanuras, casi improductivas agrícolamente, se llaman tableros, aquí, en Fuerteventura. Llevaba años pasando por ahí, mirando el horizonte, las nubes, el estado de la mar y las gaviotas que, cuando aberrunta temporal, se posan en este pedregal. Creo que la primera vez que me percaté de que algo raro tenía ese tablero fue contemplando las gaviotas. El viento, pensé, había depositado allí algo parecido a un cartel. Pasaron los días y las gaviotas, y el viento majorero no había movido ni podido con aquel cartel enigmático. Agudicé la vista y creí distinguir algunas letras sobre su fondo blanco. Jugué un tiempo a imaginar: un recuerdo luctuoso, un anuncio demasiado subliminal, una promoción inmobiliaria, una broma, la declaración de amor de un tímido, una verdad inconfesable necesitada de espacio y lejanía para no ser olvidada. Me resistí a la tentación durante meses. Ese tablero está en zona de nadie, creía yo. No lo atraviesan caminos y desde la carretera más cercana no se aprecia su mensaje. La luna que nos regala el Sahara a veces lo hacía resplandecer, las noches oscuras se lo tragaban y el alba lo devolvía. El tiempo pasaba, el cartel permanecía.

Fui en bicicleta, sorteando piedras, a desvelar su secreto. Llegué, vi y me vencí. Mi imaginación no había dado para tanto, porque la imaginación suele chocar con la materia. Y aún así su texto no dejó de ser enigmático: TERRENO CON PROPIEDAD, así, en mayúsculas y con grafía variable. Parecerá absurdo, pero el cartel me dio miedo. Por un momento pensé que detrás de él saldría un bardino, hambriento de años de soledad, dispuesto a proteger, con propiedad, el terreno de su amo. Escudriñé con temor las piedras pensando que algunas estaban electrificadas. Miré a un lado y a otro temiendo que estaba siendo observado por un hombre armado, dispuesto a defender su terreno, feliz de que, por fin, la trampa hubiese funcionado. Pasé un tiempo indeterminado dándole vueltas al mensaje. Todavía estoy en ello.


domingo, 6 de noviembre de 2011

La dedocracia



Merkel y Sarkozy están, en el momento que les tomaron la fotografía, en Cannes, señalando hacia el este, más o menos por donde queda Grecia. Pertenecen a la misma tribu (sus orejas los delatan), una de cuyas señas de identidad es señalar descaradamente a los otros. Lo que es feo para nosotros se convierte en dignidad para ellos. También en esa tribu los gestos tienen género. Adusto, varonil, rectilíneo y contundente el del macho; delicado, sinuoso, tímido el de la hembra. Se complementan: unen sus miradas, sus gestos, sus exportaciones, sus países y sus bancos y dan un miedo insuperable. Sarkozy ha identificado plenamente a la víctima propicia, al chivo expiatorio, al malo de la película y le indica su posición a Merkel, quien agudiza la mirada, mitad miope, mitad deuda pública. Si siguiéramos una línea imaginaria en la dirección digital daríamos directamente con un tal Papandreu, un griego al que poco a poco se le han ido poniendo las orejas como a sus captores. Pero el gesto intimidatorio de Sarkozy y Merkel, de Merkel y Sarkozy, atraviesa, como un rayo láser, el cuerpo circunstancial del griego y va directamente a destruir, como piedras en el riñón, el origen del mal: un referéndum.

Quién les iba a decir a los griegos, que crearon la democracia hace dos mil quinientos años, que se iban a convertir en el centro de todas las miradas y en el objetivo de todos esos dedos. Ignorantes, exportaron el invento y ahora su balanza acumula un déficit democrático por impago a los bancos franceses y alemanes. Casualmente los bancos de los acusadores, que han visto y determinado que las consultas populares van contra el pueblo, que el referéndum es malo para su salud, que la democracia es enemiga del régimen democrático. El poder reside, prima de riesgo arriba o abajo, en esos dedos.

sábado, 22 de octubre de 2011

Como vivir en nuestro desierto

(Pinchar sobre la imagen para ampliarla)

Podrían ser árboles fosilizados de cuando Herbania hacía honor a su nombre, restos de un bosque petrificado, vestigios gigantescos de savia derretidos por el sol. Estos árboles de tierra han visto pasar la historia de una isla. Toda su historia, no sólo la nuestra, tan mediatizada por la subjetividad. La historia geológica no tiene héroes, ni batallas, ni inventos, ni golpes de Estado, ni banderas. Pura orgía energética organizada (o desorganizada) por tan solo cuatro elementos: tierra, fuego, aire y agua.

Estos árboles nacieron hace milenios. Están dulcemente posados sobre la ladera de un barranco majorero, agarrados a su destino. Sus raíces enormes los mantienen vivos, buscando el agua que no hay para hacer brotar las hojas que no tienen. Este fantástico bosque existe, precisamente, porque no existen los de verdad. Si existiesen, los elementos se habrían dedicado a otros menesteres porque el agua y el viento no habrían podido arañar la tierra protegida. Bueno, también existe porque el estallido inmobiliario llegó antes de que les injertaran adosados a sus troncos.

El bosque fantástico clama al cielo, resiste los intentos de tala, junta a sus árboles y de vez en cuando pare nuevas ramas. Llevaba siglos viviendo en la clandestinidad hasta que el Google Earth lo descubrió escondido, jareándose mirando al sur. Aunque parezca agónico los latidos de la madre tierra confirman que vive. Mantiene sus constantes vitales, a pesar de los empeños para desconectarlo para siempre.

viernes, 7 de octubre de 2011

Una tierra única en cinco capítulos


I
Lo cuenta José Rial Vázquez, periodista y miembro del PSOE cuando el golpe de Estado de 1936 aniquiló la democracia. Detenido en Santa Cruz de Tenerife, fue encerrado en el Santa Rosa de Lima, uno de los barcos que en la bahía de aquella ciudad funcionaron como prisión flotante. Aquellos barcos conformaban unas islitas siniestras a las que se les denominó Archipiélago Fantasma. Junto a aquel buque fondeaban, compartiendo su macabro fin, el Gomera, el Adeje y el Santa Elena. Repletos de hombres acusados de ser leales a la República, los días transcurrían con la magua y el susto metidos en los cuerpos. Para mantenerse entretenidos decidieron editar algunos periódicos: el Ratonerías, el Katipunan, el Rataplán y alguno más. Los escritos pasaban a duras penas la censura y otra veces circulaban de manera clandestina. Al poco se desató la polémica, un reflejo satírico de lo que sucedía, no se sabe desde cuándo, en el Archipiélago real: cada una de aquellas islas navales reclamó para sí, a través de su prensa, la capitalidad del Archipiélago Fantasma.

II
Un proyecto de promoción turística fue patrocinado por Cabildos y otros palacios del poder. Centrado en el paisaje volcánico, pronto empezaron los problemas: había que elegir un volcán representativo de estas islas. Para no herir susceptibilidades se eligió un volcán submarino que, dicen, emite lavas ocasionales entre Tenerife y Gran Canaria. Gracias al volcán intermedio se superó la crisis, se diseñó un DVD promocional y se mostró, antes de su difusión, a las instituciones que habían puesto las perras. Todo fue bien hasta que el político de Gran Canaria encargado de bendecir la operación puso el grito en el cielo. El video hacía un recorrido sobre los espacios emblemáticos de Canarias donde las lavas y la erosión habían modelado el territorio. Cuando la cámara pasó por el Bentayga detrás apareció, cosas de la geografía, el majestuoso Teide. "Ese Teide -ordenó el político bastante contrariado- me lo quita de ahí". En el video definitivo una nube artificial tapa, por orden gubernativa, la belleza de allá enfrente.

III
Durante años el padre de una amiga sufrió alzheimer antes de fallecer. En sus últimos meses ya no reconocía a su esposa, ni al resto de su familia, ni los lugares que lo rodearon toda la vida; en él habitaba el olvido permanente. Pasaba el tiempo entretenido viendo la televisión abrigado en su silencio. En esos momentos solo una cosa le sacaba de su desmemoria: si la tele emitía alguna noticia de la isla de enfrente el hombre se envenenaba y lanzaba maldiciones y reproches: "esos granujas lo quieren todo para ellos." Qué machaque tuvo que haber sufrido aquel cerebro para que su último resquicio de memoria no se agarrara a sus amores sino al pleito entre islas de un mismo archipiélago.
IV
Antes de este último verano casi doscientas personas de distintos ámbitos científicos redactaron y firmaron un documento en favor de la protección de una montañita insumisa que responde por el nombre de Tindaya. Una parte importante de aquellos firmantes ejercen la docencia y la investigación en las dos universidades canarias. Cuando se le preguntó al máximo valedor del proyecto de agujerar la Montaña -el presidente del Cabildo de Fuerteventura, Mario Cabrera- cuál era su opinión sobre esa petición de amparo científico, el hombre se limitó a desprestigiar la propuesta porque estaba hecha por gente de afuera, de otras islas, que no quieren que Fuerteventura progrese. Para el Presidente, miembro del partido que inunda los medios con la cantinela de que somos una tierra única, la comunidad científica canaria es de allá afuera. En su fuero interno, en cambio, debe pensar que Chillida, sus herederos y los Fernández Ordóñez son de Tiscamanita.

V
Vivimos en un Archipiélago de risa, único lugar del mundo que tiene una capital compartida. Los pleitos insulares, lo sabemos, los generan las élites políticas y económicas y los difunden y explotan los medios de persuasión, pero terminan idiotizando a una parte, nos tememos que cada vez más grande, de la población. A finales de agosto una noticia fue incluida en varios periódicos insulares: un calamar gigante apareció muerto en las costas canarias. El problema fue que las mareas, irreflexivas y arbitrarias, lo vararon en una playa de Tenerife en vez de repartir sus rejos -por el sistema de triple paridad- por todas las islas. El pobre calamar, desconocedor de nuestras miserias, no sabía dónde se metía. La noticia, que se suponía tenía un interés zoológico, derivó, a través de los comentarios de los lectores, en un disparate sobre el pleito insular tan absurdo que, como en toda tragicomedia, produce sonrisas y pena. Y hasta un poco de miedo.


PD: la noticia y los comentarios se pueden consultar entrando, por ejemplo, en:
http://www.canarias7.es/articulo.cfm?id=226763&p=2


miércoles, 5 de octubre de 2011

Nuestra vida en una bolsa


No conozco a nadie que invierta en la Bolsa y, si lo conozco, se lo tiene bien calladito porque no me he enterado. A veces creo que la Bolsa no existe. De hecho, según me han explicado con gran paciencia, el dinero que se mueve en la Bolsa llega un punto que alcanza la intangibilidad y se convierte en directo ficticio. No me pregunten cómo pero el dinero que se volatiza en las pantallas del IBEX vuelve, como ganancia, a los grandes inversores en forma material; dinero contante y sonante. Pero, si la Bolsa quiebra, las pérdidas las pagan las personas que no juegan. Es un invento tenebrosamente infalible: la banca siempre gana.

La cosa se ha ido perfeccionando con el paso del tiempo. El capitalismo aprende de sus errores. En el crack del 29, la primera de las crisis capitalistas con carácter planetario, los arriesgados inversores se tiraron desde los balcones. Ahora no. Ahora nos desalojan, nos desahucian, nos congelan las pensiones, nos bajan los sueldos, capitulan de esa falacia del Estado del bienestar y reforman toda una Constitución (que nos habían dicho que no se podía reformar) para que no se repita la escena y para que los banqueros se puedan asomar a los balcones sin el vértigo de antaño.

Parece ser que para que los mercados hagan sus negocios es necesario que las cuentas públicas estén saneadas. La clase política repite como una cacatúa domesticada las órdenes del capital, aplicando la didáctica infantil no por ánimo pedagógico sino porque no da para más. Para justificar la reforma constitucional sus alegres señorías han explicado que el Estado -esa casa común, nos dicen- es como un hogar cualquiera donde no se puede gastar más de lo que se ingresa. Olvidan que los hogares están endeudados, hipotecados con préstamos que se pagarán a los usureros en décadas de intereses casi eternos. Mejor estaría que se hubiese reformado la Constitución para prohibir nuestras deudas. De hecho habría que introducir tantas reformas que a la Constitución no la reconocería ni la santa transición que la parió. Para no agobiar con propuestas excesivas plantearemos una que debe contar con un amplio consenso: incluir un artículo donde se prohíba el paro. Parecerá descabellado pero ¿acaso el déficit estatal es más importante que el empleo digno?

Pero, claro, a la clase política lo que le interesan son los mercados de valores y no el mercado laboral. Según los datos publicados sobre los patrimonios de los diputados y senadores, más del cuarenta por ciento de esa casta tiene acciones directas en bolsa o en fondos de inversión. De ahí su interés para facilitarle un escenario benigno a los mercados. Si los mercados se ponen nerviosos, a nosotros nos convierten en su tila.

Hace años, en los informativos, las noticias referidas a la Bolsa eran más bien escasas, a veces contenidas en un aparte para expertos. Hoy ocupan la primera plana, el primer titular, y compiten con el fútbol en el tiempo dedicado a sus vaivenes. Nunca antes a un asunto invisible se le había dado tanta importancia mediática. Los tonos de los informadores se vuelven pesimistas cuando la Bolsa sufre una caída y despliegan énfasis optimistas cuando los índices bursátiles suben para mayor gloria del capital. Tendremos un buen día si la cotización está en alza. Da igual que usted esté en paro, que cobre un salario de miseria, o que no conozca a nadie que juegue en la Bolsa. Por fin estamos en posición de contestar a la pregunta histórica: ¿la bolsa o la vida? La cosa está clara, no porque lo hayamos meditado, sino porque los atracadores eligieron primero.

miércoles, 22 de junio de 2011

Tortuga lista, consejero bobo (¿o era al contrario?)

Esta es una fotografía en negativo: una obra de arte de la propaganda institucional. Nada es lo que parece. En las películas del lejano oeste los lugareños se entretenían haciendo carreras con ranas; en la foto da la sensación de que acaba de empezar el Gran Premio de Cofete de tortugas. Si observan bien los caparazones comprobarán que le han puestos dorsales a la primera línea de la parrilla de salida. El paso de las tortugas (¿las tortugas dan pasos?) es, como todo el mundo sabe, lento y parsimonioso, lo contrario del gastadero de euros que ha costado organizar esta carrera para los medios.


Centremos la mirada en el piloto número dos contando desde la izquierda. Seguramente es la primera vez que ese hombre pisa una playa y ha logrado contener su innato deseo de destruirla. Es el Consejero Contra el Medio Ambiente de la República Ultraperiférica conocida antaño como Canarias. Esa mano que empuja grácilmente el trasero de su tortuga ha firmado los mayores atentados contra los ecosistemas insulares: un agujero en Tindaya, un puerto en Granadilla, la descatalogación de nuestras especies más amenazadas, las medidas urgentes para legalizar todo lo ilegal; en fin, un hombre que es al medio ambiente lo que Mourinho es al fútbol: un infiltrado para acabar con la belleza desde adentro.

Con esa mano que ahora toca el culo también firmó la reclamación de los intereses de demora al Ayuntamiento de Puerto Cabras porque éste se había retrasado en el pago de uno de los mayores pelotazos jamás firmados en Fuerteventura. El negocio consistió en venderle unos terrenos no urbanizables y catalogados como zona verde al Ayuntamiento (gobernado por su partido) para que se construyera allí el museo arqueológico de la Isla. Por aquellos terrenos -improductivos económicamente- el Consejero y su familia obtuvieron la extraordinaria cantidad de 505 mil euros y once parcelas en un polígono industrial. Pero, fíjense ustedes, ahora sabemos que allí no se construirá jamás ningún museo arqueológico. Este hombre es nuestro Atila: por donde pasa no vuelve a brotar la naturaleza al tiempo que crece la especulación y nuestra deuda.

Y ahora se nos aparece tan tierno, brindándole la libertad a una tortuguita boba, una especie de la que no se tiene constancia científica alguna de que haya nidificado jamás en Fuerteventura. La instantánea forma parte de la campaña mediática que impulsa el cabildo majorero para vender su ecologismo de marca registrada. De hecho la tortuga no es una tortuga, es un logo. Pero en otro tiempo fue un huevo depositado en Cabo Verde, al que raptaron los defensores de nuestro medio ambiente. Lo metieron en un helicóptero -junto a otros cientos de huevos raptados- y lo enterraron en la playa de Cofete cuya arena, hasta entonces, había propiciado el nacimiento de burros, cabras y humanos, pero nada de tortugas. La tortuga-logo se ha reproducido a ritmo inverso a las posibilidades de superviviencia de la tortuga real: si uno pone “Tortuga Fuerteventura” en el buscador de internet aparecen más de dos millones de resultados; si el Gobierno de Canarias planta mil huevos en Cofete la posibilidad de que una de las futuras tortugas vuelva a visitarnos es de una entre mil, y eso que a alguna le han instalado un GPS. La ficción supera a la realidad: la tortuga logo, registrada por el Cabildo, vuelve una y otra vez ante nuestros ojos gracias a la inestimable labor de los medios de persuasión de masas, unos medios sumisos y acríticos, salvo cuando se trata de poner a parir a las personas indignadas.

Si uno fuese mal pensado y desconociese el profundo amor que sienten las instituciones canarias por nuestra naturaleza, concluiríamos que los miles de euros invertidos en el Proyecto Tortuga tiene como finalidad apoyar a una especie virtual. Pero no, el experimento supera todos los límites comprensibles: reintroducir una especie que nunca ha estado introducida. Imagínense que las estadísticas (y la ciencia y la razón) fallan y que todas esas tortuguitas vuelven dentro de unos años a las costas de Fuerteventura. Necesitarían de tal espacio vital que se reproduciría la misma fotografía, pero en positivo: esas tortuguitas tocándole el culo al Consejero y mandándolo a mar abierto. Y sin GPS, para que no quede la mínima posibilidad de retorno.

lunes, 16 de mayo de 2011

Manifiesto fotográfico (casi) abstencionista



Si esto fuese un juego de agudeza visual tendríamos fácil adivinar quién no está en su puesto de trabajo. Pero nos equivocaríamos. El señor del jersey que abraza las papeletas electorales como si fuesen sus tesoros también está trabajando. Trabaja para los mercados y para sanearlos tuvo la brillante idea de recortar los servicios sociales de Canarias, una operación a la que los mercados, para que no nos afecte nuestra sensible moral, denominan “reducir el déficit público.” La fotografía también sirve para distinguir la sonrisa natural de los humanos de la de los políticos. De cualquier forma este hombre también se equivocó: fue a por salmón y se encontró con que la ternera lechal está a 21 euros el kilo. Le sale más barato ir a Noruega a pescarlo directamente que hacer un asadero en su chalet, sobre todo porque el viaje a Noruega se lo pagan los mercados por su imprescindible labor. Dando y dando.


Se lo habíamos advertido: aquella sonrisa no era normal. Aquí vemos al político de la carnicería poseído por el espíritu del poder. Imagínense a ese hombre embistiendo de frente hacia uno, mirándote a los ojos, señalándote con los dedos índices de las dos manos y con un cartelito que anuncia que está centrado en ti. Uf, seremos antitaurinos pero se agradece que algún alma de dios le haya clavado una banderilla para amansarlo. Y que nadie nos acuse de bárbaros, este hombre -como los toros o el primer salmón de la temporada- suele quedar indultado.


Volvamos a los mercados. Algún día algún especialista en antropología descubrirá la clave de por qué a la fauna política le da por ir a hacer campaña a esos espacios. A sacarse una foto comprando un kilo de berenjenas el político lo denomina “acercarse al ciudadano”; a preguntar por el precio del pescado le llama “palpar la realidad”. El resto del tiempo, eso sí, los mercados que les interesan son otros, esos que les mantienen ociosos mientras nosotros pagamos sus berenjenas, sus pescados, sus prebendas. Pero lo singular de esta fotografía es el encuentro. Son candidatos de distintos partidos que se han encontrado en el mercadillo de Guía (no hay mercados para tanto candidato). Podría extrañarnos tanta cordialidad entre adversarios o que la hipocresía se ha apoderado de ellos. Pues no. Todos hemos conocido esa sensación de encontrarnos con un paisano en un territorio extraño. De repente nos sentimos protegidos y cariñosos aunque uno sea de Telde y el otro de Tacoronte. Pues a esta gente le pasa lo mismo: qué felicidad encontrarse con los de su  casta entre tanto pueblo y olor a queso de flor.


En esta instantánea tipo verano azul la candidata encabeza el pelotón ciclista en la meta volante de la avenida marítima. Que la llegada está amañada es evidente: la pata del trípode en el ángulo inferior izquierdo presupone que la jefa de filas sabía que iba a ganar. Duro trabajo el del periodismo que obliga a cubrir, un domingo por la mañana, una noticia como esta. A esa hora, ese día, en esa ciudad, cientos de historias merecerían su cobertura periodística pero su empresa recibe dinero del equipo ciclista, para que luego digan que el deporte y las campañas electorales son limpios. La ciudadanía, representada por esos dos señores a los que adelantan y echan del carril, es invisible. Y sin embargo, sin ellos, la jefa de filas no existiría. Con todo, se nos plantea una duda: ¿a dónde va tan temprano la candidata alternativa?


Pues sí, las cabras estaban sin ordeñar y hasta allí fueron también, cómo no, los intrépidos reporteros. La candidata se bajó de la bici, se arremangó y mientras el cabrero se concentraba en la labor ella miraba a la cámara. Qué extraña forma de pedir el voto: el cabrero exprime las mamas y la candidata recoge la leche. Una de dos, o las técnicas de propaganda subliminal son extremadamente sutiles o al equipo de campaña se le fue el baifo. Si esta foto genera algún voto es que la conciencia es incompatible con la democracia. O que la democracia nos ha terminado por domesticar y nos han vuelto dóciles y sorimbas, como cabras.


Esta es la isa canaria,
divertida y chanchullera,
y yo...¿tendré que aguantarla
 hasta el día en que me muera?

Este es un baño de canariedad según marcan los cánones. Ustedes no lo saben pero este acto se celebra en el terrero de Puerto Cabras, una ciudad a la que el franquismo le robó el nombre y sus continuadores no se lo han devuelto. Al fondo asoma, en la penumbra, la bandera con las siete estrellas verdes, otro robo que ha quedado impune. Hubo en tiempo, cuentan las crónicas, en que los bailarines transitaban las veredas que siempre giraban a la izquierda. Después se subieron al poder, reflexionaron, maduraron y se moderaron. Es la historia de la evolución natural de esta subespecie política: nacen utópicos, crecen de la mano de la economía, se pegan como lapas al sillón y bailan cada cuatro años una isa. Lo peor de todo es que también se reproducen. En los criaderos que el poder ha diseñado y a los que han terminado por llamarlos instituciones.


Esta es otra novedosa estrategia electoral, una pegada de carteles en el local del partido. Ya me dirán qué poca confianza en sí mismos cuando tienen que convencer con carteles a su propia militancia. El candidato ya se ha pegado dándose un baño de cola. Debe ser una sensación extraordinaria, cercana al desdoble de personalidad. No digamos de la candidata que tira directamente de los pelos de su otro yo y encima se distorsiona. El ser político no deja de asombrarnos, es capaz de transmutarse en una idea, en un eslogan, en un cartel. Pero, al contrario de lo que le suceden a las etnias que creen que las fotografías les sustraen su espíritu, estos creen que cuanto más mutan y se reproducen mayor será su esperanza de buena vida. Pero no todo está perdido: al candidato le queda una reminiscencia ideológica con la que ni siquiera tanto alter ego repartido por esos muros han podido: es zurdo.


He aquí unos políticos aplaudiéndose a sí mismos. Se infunden ánimos ante la batalla electoral. Una batalla tan dura que su partido se ha tenido que aliar con otro que se dirige desde un centro penitenciario. Los pactos electorales los carga el diablo y los dispara la corrupción. Además el candidato cuenta con un arma secreta: un tren. El negocio del tren en Gran Canaria -propinas aparte- nos costará 1400 millones de euros. Eso puede explicar el tremendo dispendio electoral de un partido sin representación parlamentaria. Son ecológicos y, a lo mejor, parte del presupuesto del trenecito se está reciclando en propaganda electoral. La composición fotográfica no puede ser más explícita: al fondo un cartel vetusto da paso a la nueva Canarias. Una nueva Canarias que mantendrás, lo dice el cartel, con tu sueldo.


Quizás esta propaganda sea la más explícita de cómo se puede perder el tino y dirigir un Archipiélago. Lo mismo es una condición indispensable para presidir el Archipiélago. Ya se habían apropiado de los bailes de magos, habían reinventado las romerías, montaron una televisión que solo emite NODOS del régimen y hasta crearon a Pepe Benavente y nos lo meten por vena. Y ahora van y se hacen de la Unión Deportiva porque, claro, lo primero es lo nuestro. En lo nuestro no se incluyen, claro está, las más de doscientas ochenta mil personas que sobreviven al paro; tampoco las miles que esperan por una intervención quirúrgica, ni las familias que han quedado sin posibilidad de atender a sus familiares dependientes, ni los cientos de criaturas que este curso no han tenido profe. Lo nuestro es agujerear Tindaya, acabar con la costa de Granadilla, exonerar del pago de impuestos a los empresarios que financian nuestras campañas. Dice la propaganda que Zapatero y Rajoy no son de la Unión Deportiva. En su favor tenemos que explicar que Rajoy ha declarado que su futbolista favorito es Valerón (para algunos, lo único sensato que ha dicho este hombre) y a Zapatero le encanta Pedrito. Lo curioso es que los nuevos forofos nacionalistas de la Unión Deportiva llevan año pactando con los Rajoys y los Zapateros y tiempo han tenido para explicarles las virtudes de nuestro fútbol. Y uno, asiduo de la grada curva cuando Germán levantaba la cabeza y hacía pases imposibles, está por plantearse la ruptura con el equipillo. Bastante tengo con ser también simpatizante del Atlético que sobrevivió al doctor Cabeza y a Jesús Gil como para que ahora, en un subidón de canariedad electoral, Paulino termine por aparcar el helicóptero en el área chica del Gran Canaria para meternos un gol en propia puerta.