Chus, agotadas todas las
posibilidades que le niega el sistema, se ha plantado en un cruce de caminos:
por arriba el Cabildo de Fuerteventura, enfrente la Delegación del Gobierno,
más abajo el Ayuntamiento de Puerto Cabras. El espacio elegido es más que
simbólico porque alguna (o todas) de
esas instituciones deberían garantizarle los recursos necesarios para vivir. Y,
en medio de ese cruce, vigilando a las instituciones y a la propia Chus, está
la oficina principal de Bankia en la isla, ese sumidero al que va todo el
dinero que le correspondería a Chus y a los rostros de la pobreza.
Chus
le pone cara a la estadística. Es una de las más de cinco millones de personas
paradas del Estado, una de las casi trescientas mil que en Canarias no recibe
un salario, una de ese 35% de personas desempleadas de Fuerteventura. Chus no
solo no tiene curro, tampoco recibe ninguna prestación social que le asegure la
existencia. Técnicamente es una excluida: no cotiza, no consume, no percibe.
Chus
está en huelga de hambre y va en serio. Lo ha meditado detenidamente. Le
quedaba la posibilidad de acogerse a la caridad o de agarrarse a las ofertas
amistosas pero su conciencia no la dejaba. Chus sabe que tiene derecho vivir
dignamente, sin avergonzarse en las colas caritativas, sin sentirse intrusa en
la vida de sus amistades. La suya es una decisión política y no está dispuesta
a esconderse. A Chus le sobra coraje y responsabilidad. Cada cual toma sus
decisiones y Chus no pretende dar
ejemplo. Pero, ¿qué pasaría si todas las personas excluidas hicieran visibles,
como Chus, su cara llena de vida, sus manos de trabajadora, su mirada que
interroga, su lengua que cuestiona, su corazón que comparte hasta el vacío de
un hambre impuesto por el sistema?, ¿se atreverían las noticias a considerarlas
cifras que suben y bajan según meen los mercados? ¿Qué haríamos nosotros?
